martes, 11 de enero de 2011

El cuarto rey mago



Poco se sabe de él; grandes y pequeños, engolosinados con Melchor, Gaspar y Baltazar, desprecian la memoria de su nombre: Taor. Guillermo Sheridan, oportunamente, lo recuerda:
De niño, mi abuela norteamericana nos leía un relato simpático sobre un cuarto Rey Mago. Lo busqué años más tarde. Era un relato episcopaliano y cursilón de un tal Henry van Dyke, que tuvo la buena idea de proponer a este mago que, lamentablemente, llega a Belén cuando la sagrada familia ya ha abandonado el portal.

¿Lo habrá leído Michel Tournier? Quizás alguien recuerde Gaspar, Melchor y Baltazar, hermosa novela de este que, para mi gusto, es el más grande escritor francés vivo. Como van Dyke, Tournier propuso a un cuarto rey mago caracterizado por la impuntualidad. Recuerdo -no sé qué tan bien- el argumento: Taor, rey de Bangalor, es un rey glotón que viaja con toda su corte, cargados de dulces de todo tipo. Cuando por fin llega a Belén, y no queda ya ni un pastorcito, jura encontrar al niño y rubrica la promesa organizando para los niños del rumbo un banquete de mazapanes, caramelos, pasteles y naranjas cristalizadas.

Siguiendo las huellas de Jesús comienza el desastre: su elefante se mete al Mar Muerto y se convierte en estatua de sal. Poco a poco, Taor pierde todo. Más tarde, en Sodoma, atestigua un juicio espeluznante: un hombre es condenado a trabajar 33 años en las minas de sal. En un arrebato de imitación de Cristo, Taor se ofrece a tomar el lugar del pobre hombre, que tiene hijos pequeños. Su caída es, ahora, absoluta: el rey del azúcar se ha convertido en un arenque humano enterrado vivo.

Pero Taor sobrevive. Pasados los 33 años, recupera su libertad y vaga por Galilea, obstinado con la idea de encontrar al hombre en que se habrá convertido aquel niño de Belén. Siguiendo pistas y acatando rumores lo persigue por todas partes pero siempre llega tarde. Un día se entera de que cenará esa noche en Jerusalém, con sus discípulos. Taor, desde luego, llega cuando la sala del banquete ya está vacía. Agotado, alcanza a tomar de la mesa un trozo de pan y un resto de vino, antes de morir... Sin saberlo -pero sabiéndolo a su manera- Taor ha comulgado la carne y la sangre del Cristo que nunca logró encontrar.

Así pues, el cuarto Rey Mago, el que siempre llega tarde, llegó esta vez adelantado: muere cuando Cristo no ha muerto aún y, por lo tanto, no puede ser salvado por su sacrificio en la cruz. Sin embargo hay que pensar que este anti-Tomás --que no vio a Cristo, pero nunca dudó-- habrá merecido una dispensa. ¿Habrá logrado llegar a tiempo a las puertas del paraíso, entre el tumulto de ángeles y profetas, para ver la llegada triunfal del Cristo ascendido?

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