miércoles, 5 de mayo de 2010

El Juárez de Parra




Si se quiere conocer a un hombre habrá que facilitarle una máscara, sugería Oscar Wilde. La que la historia mexicana otorgó a Benito Juárez es pétrea. El escritor Eduardo Antonio Parra no se aparta de ese discurso; no en vano incluye en el título de su novela sobre Juárez la línea "El rostro de piedra".

Personaje de una sola pieza, monolítico, de gesto grave, como el de tantos otros hombres providenciales de nuestra historia: los caudillos no sonríen. Esa adustez resume el largo camino, siempre sembrado de dificultades, que Juárez hubo de recorrer antes de consagrase como uno de nuestros próceres más populares: innumerables son las calles y avenidas con su nombre; mismo que también utiliza el Aeropuerto de la Ciudad de México y una buena cantidad de escuelas e institutos.


Han celebrado los cuentos de Eduardo Antonio Parra una serie de autoridades en materia literaria; baste citar dos: Christopher Domínguez y Daniel Sada. Juárez, el rostro de piedra es su segunda novela.

Un mérito: El Juárez de Parra elude la viñeta bucólica del pastorcito que huye de su aldea. Otro, y no menor: El Juárez de Parra se nos presenta calculador; no denuncia el autogolpe de Comonfort, espera pacientemente la caída del inepto mandatario para, en apego a lo que dictan las leyes, sustituirlo.

El año axial en la obra de Parra es 1871; pocos meses antes de fallecer el Oaxaqueño, y pocos después de la muerte de Margarita, su amada esposa. Año, también, camino de un nuevo mandato, vía reelección, que hubiese acometido si, como dice la canción, Juárez no hubiera muerto. Asistimos a los desvelos de un Presidente abandonado por antiguos colaboradores, señaladamente José María Iglesias y Sebastián Lerdo de Tejada; y alzándose en su contra, un combatiente resuelto, el general Porfirio Díaz.

1871 es, pues, un año crítico en la vida del héroe de la Reforma. Como un fantasma shakespeariano recorre los pasillos de Palacio Nacional, en el arranque de la novela, y repasa su vida.

Parra se toma algunas libertades, en muchas ocasiones lo nombra Pablo y no Benito; también nos lo presenta víctima del deseo por un oficial trasvestido, en el puerto de Veracruz.

Habrá que agradecerle al novelista el rescate de algunos personajes que ante la estatura de Juárez se vieron relegados a la sombra. Cierto pasaje de la novela me llevó a recordar una frase que mi abuelo solía decir. Recordemos que Juárez y Melchor Ocampo coincidieron en Nueva Orleans cuando el primero, para ganarse la vida, trabajaba como torcedor de tabaco. En un momento de ocio, cuando Juárez fumaba un habano, Ocampo sentencia: “Indio que fuma puro, ladrón seguro”. (La frase repetida por mi abuelo.)

No es este el lugar para el repaso histórico, pero es de todos conocidos que el ejercicio del poder del bando liberal, con Juárez a la cabeza, marcó un antes y un después en nuestra historia; concretamente, a partir de entonces el orden religioso se subordinó al imperio laico.

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