lunes, 24 de mayo de 2010

El don de la vida



“Tratadito sobre la vejez y sus miserias”, así llama Fernando Vallejo a El Don de la Vida, su más reciente novela. La estructura es sencilla: un narrador en primera persona (al que podemos identificar como un alter ego del autor) enumera a otro, al que señala como su compadre, una serie de muertos, familiares o no, amigos o malquerientes que han ido a parar a una libretita donde se lleva cuenta y registro.

Debemos tomar el título del libro como una provocación, El don de la vida sugiere la lectura de uno de esos, así llamados, libros de superación personal (enorme el chasco que habrá de llevarse el lector que busque en esta novela ese embeleco), pues no puede caer en esa infamia una obra que empieza así: “-¿Quién tiene la verga más grande en este bar de maricas?”

Apenas comienzo su lectura pero ya se adivina por dónde va la cosa: una diatriba contra la clase política (lo mismo la colombiana que la mexicana) siempre poblada de bellacos y granujas; un ataque sin descanso contra las iglesias (particularmente la católica); una denuncia firme contra la sobrepoblación; los recuerdos de sus escaramuzas homosexuales y su desmedido odio contra el hombre tan profundo como el amor por los animales; los temas, en suma, acostumbrados en la narrativa de Vallejo. Para muestra, un botón:

-…¡Cuánto me hacen sufrir los muertos! Los odio casi tanto como a los pobres.
- ¿Y a la Iglesia?
-Mire: si en mis manos estuviera retorcerle el pescuezo al papa, tenga por seguro que lo haría, lo haría, lo haría hasta que el asqueroso se pusiera morado…
-Como cardenal.
-No sea bruto, compadre, que el color de los cardenales es el púrpura. Por eso los llaman purpurados.
- Y el bucato di cardinale, ¿qué viene siendo?
-Ah, ése es un niño tierno de doce años que se sambute un cardenal…


a.a

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