jueves, 13 de mayo de 2010

La boca llena de tierra



Tres breves palabras en latín sellaron su destino, un par de meses más y el cáncer, que ya lo come, terminará por aniquilarlo; así que toma un tren, destino Montenegro. Se apea en una estación y se interna en lo hondo del bosque. Es de noche.

Ante la inminencia de su muerte resuelve, el más grande dilema filosófico según Camus, cometer suicidio. Es poco el tiempo que le queda; la cuenta regresiva ha comenzado; el repaso existencial, en esos momentos, es de rigor:

…¿encontraría aquel compuesto químico, tal vez inexistente, por el que desperdició toda su juventud?; ¿alcanzaría a conocer todas esas ciudades, montañas y mares lejanos que siempre había anhelado ver, aplazando el viaje para otro momento y mejor ocasión?; ¿lograría besar en las noches cada vez más cortas que le quedaban, a todas aquellas mujeres que, encerrado en su laboratorio, no logró siquiera desear?... ¡¿podría en ese breve tiempo sufrir y estar feliz como para creer que realmente había vivido su vida humana?!


No ha caminado mucho. Con las primeras luces del nuevo día topa con dos excursionistas. Sin mediar palabras los evita; da la espalda y echa a correr… y ellos a perseguirlo. En adelante la acción será esa: un hombre huyendo y una jauría atrás (al par inicial se sumará una muchedumbre).

El relato anterior, desde su inocente arranque hasta su trágico final, se nos antoja absurda: y lo es. Pero debemos buscar en ella no la sin razón sino un signo, una metáfora que ha desvelado a todas las generaciones que nos preceden. Es probable que Borges y Cortázar gustaran de esta narración de perseguido y perseguidor. (Ese, y no otro, es el tema.)


Con el clima artificial de su departamento en Belgrado, Goran Petrovic atempera los rigores de un demasiado caluroso verano del 2009; y escuchando una grabación del chelo de Jaqueline du Pré se resguarda de la vocinglería con que cotidianamente fustigan los medios de comunicación. Pero esa tranquilidad es interrumpida; tiene entre sus manos la novela La boca llena de tierra , del también escritor serbio Branimir Scepanovic (por impericia técnica omito los acentos sobre las consonantes de los nombres de ambos autores); la cual he venido glosando en párrafos anteriores. Petrovic advierte en un email, a manera de prólogo, dirigido a Sexto Piso, editor mexicano al cuidado de la historia de Scepanovic, y al anónimo lector: “… ¡tenga cuidado, cuídese, este libro lo va a inquietar!”

a.a

Círculo de Lectores: el próximo lunes, lugar y hora acostumbrados.

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