martes, 2 de febrero de 2010

En una nube



Viene a mi memoria la mañana sabatina que le conocí. Antonio Sarabia lo llevó a una reunión del Círculo de Lectores; por aquel entonces sesionábamos en el Archivo Municipal. Recuerdo aquel día como se recuerdan los momentos estelares: leímos el Farabeuf de Elizondo. Al término de la jornada y después de una plática que se prolongó por horas me pidió que en adelante esas lecturas las coordinara en la sala Ted Sadlovski, en su casa, pues. Dije que sí y ese fue el comienzo de nuestra amistad. Despistado como suelo ser, no supe sino hasta más tarde que había conversado con una de las figuras emblemáticas de Nuevo Laredo: el Maestro Sergio Peña.

Compartíamos el mismo código e idénticas manías, la primer ocasión que le acompañé a un evento en el Centro Cultural, ante la próxima alharaca de una partida de impresentables dije para mí a media voz: infame turba de nocturnas aves; para mi sorpresa, de modo natural, él completó la aliteración: gimiendo tristes y volando graves. Ya todo estaba dicho.

Leí para él en lentas tardes de domingo pasajes de En busca del tiempo perdido y en una ocasión examinamos estrofa por estrofa La fábula de Polifemo y Galatea. (Dicho sea de paso, en adelante, ¿con quién podré repetir el gusto?) Escuche usted este remate Sergio: “Si ya los muros no te ven de Huelva/ Peinar el viento, fatigar la selva”, es extraordinario, ¿no cree? “Naturalmente, Alfredo, naturalmente”. Esa sentencia se hizo familiar entre nosotros.

Me contagió su pasión Bach y fui testigo de sus esfuerzos con las Variaciones Goldberg. El autor que conoció por mi y ante el cual, para usar uno de sus verbos favoritos, enloqueció fue Fernando Vallejo. (Sabía usted Sergio que Fernando está a favor de la explotación de los pobres… ¡pero con dinamita!).

Otros hablarán con mayor autoridad de sus méritos como pianista y de sus empeños como mentor de la cultura en la localidad; yo sólo podría recordar algunos episodios compartidos. Ambos preferíamos la soledad. En las reuniones de carácter social su elaborada cortesía disfrazaba su incomodidad ante la gleba. Pero llegada la hora, y siempre llegaba, me susurraba al oído: “con extremo sigilo esfumémonos en una nube de pez y azufre.”

La noche del pasado viernes, mientras me dirigía a la serranía hidalguense, me llegó la aciaga noticia, la tarde de aquel día, mi amigo Sergio Peña, con extremo sigilo, se había esfumado en una nube…

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