lunes, 17 de junio de 2013

El cambio y el voto


Reducida a su mínima expresión, intuyó Octavio Paz, la democracia cabe en dos monosílabos: Sí o No. La elección como valor supremo: se acepta esto y se rechaza aquello.
El próximo domingo 7 de julio los neolaredenses votaremos para renovar presidente municipal y diputados estatales. Una encuesta elaborada por Sei Investigación de Mercados, publicada en El Mañana el pasado 5 de junio, arroja los siguientes resultados en las intenciones del voto para presidente municipal: Carlos Canturosas (PAN), 35%; Carlos Montiel (PRI), 24%; Everardo Quiroz (PRD), 1%; Indecisos, 40%.
Así las cosas, entre las múltiples opciones, para efectos prácticos, destacan dos: los abanderados del partido que ha gobernado, consecutivamente,  Nuevo  Laredo por casi 40 años, el PRI; y los  candidatos del Partido Acción Nacional.  Dicho de otro modo el ciudadano habrá de optar entre la continuidad y el cambio.
Como nunca antes,  la afortunada combinación del carisma de un candidato ciudadano, Carlos Canturosas,  desde la plataforma de un partido curtido en batallas electorales,  Acción Nacional, promete poner fin al dominio priista en la localidad.
Los albiazules lucen optimistas; el entusiasmo se advierte por doquier: en las redes sociales, en bardas de la ciudad, en charlas de sobremesa; un enunciado lo concita: “Súmate al cambio”. Pero son prudentes, saben que todas esas muestras de simpatías  son insuficientes: la decisión se dará el día de las elecciones y será el resultado de la suma del voto ciudadano.
Advierto dos enemigos a vencer: el abstencionismo y el miedo. Sobre el primero de ellos hay que insistir que en pocas ocasiones, como en las elecciones, nuestro civismo se pone a prueba. Porque lo que de ella resulte no será poca cosa: las personas (autoridad y legisladores) que habrán de labrar el futuro de la comunidad.
El destino de la ciudad debe importarnos del mismo modo que nos preocupa el futuro bienestar de nuestras familias. Enrique Tierno Galván, distinguido político español,  hizo notar que “todos tenemos nuestra casa, que es el hogar privado; y la ciudad, que es el hogar público”. Los ciudadanos tenemos un arma para tomar las riendas de la ciudad: nuestro voto. Dicho de otro modo, con el voto ponemos un hasta aquí al mal gobierno.
La pregunta  que debemos hacernos es muy sencilla: ¿En todo este tiempo en el poder (vale repetirlo: casi cuatro décadas), los gobiernos priistas  han dado a los neolaredenses la seguridad,  los empleos, las oportunidades de desarrollo, la  calidad en los servicios públicos que demandan y merecen? Si la respuesta a esa interrogante es No, queda claro que lo que conviene es el cambio.
Y aquí es donde habrá que salvar el siguiente obstáculo: el miedo. Va desde  el recelo a perder el empleo a temer que sobrevenga el caos porque los nuevos no tengan la experiencia o la capacidad de los  de siempre. Todas las argucias en contra del cambio son patrañas. Ciudades vecinas, de la importancia de la nuestra: Reynosa, Matamoros, Victoria, Tampico (conste que sólo cito urbes tamaulipecas; pero el fenómeno se repite a nivel federal), han experimentado la alternancia en el poder y el mundo no se ha acabado.
Octavio Paz lo tuvo claro: "Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo... del miedo al cambio."

De manera que si queremos el cambio, el próximo 7 de julio habremos de exigirlo a través de nuestro voto. En democracia, el cambio es posible a condición que se le demande por la vía del voto. Cambio y voto: no se dan el uno sin el otro. Voto y cambio van de la mano, el primero es la llave que abre las puertas del segundo.

Finalmente, no conviene echar en saco roto la siguiente reflexión de Sthepen Covey: "Si seguimos haciendo lo que venimos haciendo seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo."

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