Redentores. Ideas y poder en América Latina (Debate, 2011), de Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947), recoge doce estudios biográficos sobre José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Octavio Paz, Eva Perón, el Che Guevara, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, el obispo Samuel Ruiz, el Subcomandante Marcos y Hugo Chávez.
Enrique Krauze, se sabe, es historiador, ensayista, editor mexicano, director de la prestigiosa revista Letras Libres. Es también, entre nosotros, de los pocos escritores que trabajan el género biográfico con fortuna y eficacia. Baste recordar que su libro Biografía del Poder es ya un clásico. (El citado, sumado a Siglo de caudillos y La presidencia imperial, representan una valiosa trilogía desde donde comprender la historia de México.)
Las extensiones de los ensayos, contenidos en Redentores, varían. Los de no muchas páginas (como los de José Martí y Eva Perón) contrastan con el más largo de todos; el que el autor dedica a su amigo y maestro Octavio Paz. (Me parece que el estudio del Nobel mexicano ameritaba un libro en solitario.) Pero entre todos ellos, más allá de la diversidad de personajes (pensadores, activistas, guerrilleros, políticos, novelistas, etc.), de alguna manera, comparten dos constantes detectables al escudriñar la historia moderna de América Latina: el culto al caudillo y el mito de la Revolución o, por oposición, su crítica.
Claro, imposible que en sendos asuntos la galería esté de acuerdo, algunos encarnan la imagen del Caudillo (El Ché, el Subcomandante Marcos), aquellos la veneran (García Márquez, Samuel Ruiz), éstos la critican (Octavio Paz, Mario Vargas Llosa).
Krauze, como era de esperarse, dado su talante liberal, no permanece ajeno al debate, toma partido: El hechizo de la Revolución, nos dice, “ fue tan grande como lo es ahora el desencanto y la pesadumbre de las generaciones sacrificadas en el altar de un caudillo vitalicio. Ojalá llegue la hora de la reconstrucción y la reconciliación, la hora de la libertad: obra de demócratas, no de redentores.”
El culto al héroe tiene en la figura de Thomas Carlyle a uno de sus autores clásicos. A este ensayista escocés, apunta Krauze, “se debe la idea de que la historia no tiene más sentido del que le confiere la biografía de los “Grandes Hombres”, en particular la de los inspirados “héroes” políticos como Oliver Crromwell o el Doctor Francia, que prescindieron de las instituciones democráticas por considerarlas una parafernalia inútil”. Conviene no olvidar lo anterior, justo ahora, cuando de nuevo en campaña anda un candidato que no hace mucho mandó al diablo las Instituciones.
Quien a futuro escriba la biografía de Enrique Krauze no podrá apartar un dato elemental: Krauze es nieto de emigrantes centroeuropeos y judíos. La condición judía, esto lo advierte Joan Juaristi, “ha permitido a Krauze percibir, con precisión de buen psicoanalista, las heridas simbólicas de sus biografiados: el complejo de inferioridad derivado de la humillación social o de la estratificación castiza, en Eva Duarte de Perón o en José Carlos Mariátegui; las taras físicas en este último o en el Che Guevara; la ausencia temprana del padre o el regreso como déspota del padre supuestamente muerto, en Octavio Paz o Vargas Llosa. A partir de estas heridas, busca Krauze entender por qué actuaron y pensaron como lo hicieron, subrayando implacable aciertos y errores, grandeza de ánimo e iniquidades, pero siempre desde una indisimulada empatía.”
Desde las primeras páginas del libro, Krauze declara sus deudas: “Me inspiré en los libros de Isahiah Berlin sobre los pensadores rusos, y en Hacia la estación de Finlandia, obra en la que Edmund Wilson mezcló el análisis ideológico y la biografía”; centra el problema: “¿Redención o democracia? Éste ha sido hasta hace poco, el dilema central de América Latina.”, y vislumbra el futuro: “… para que la democracia se fortalezca y perdure, y para que a través de ella (con sus leyes, instrumentos e instituciones) nuestros pueblos puedan enfrentar los males del nuevo siglo, los gobiernos deben desplegar una efectiva vocación social. De no hacerlo, la región volverá a buscar la redención, con todo el sufrimiento que conlleva.”
Por lo antes expuesto, Redentores es uno de los mejores libros que haya leído por estos días. Advierto en sus páginas la preocupación de un escritor que no ignora a Juan de Mairena, sabe que no hay manera de “sumar dos individuos”; pero se esfuerza, no el enfrentamiento: en la comprensión. Sorprende que las resonancias del mismo nos vengan mayormente del extranjero donde fue recibido con entusiasmo. Pareciera que aún perdura aquel mal detectado por Octavio Paz en la clase intelectual mexicana: el ninguneo.
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viernes, 20 de abril de 2012
lunes, 3 de octubre de 2011
García Márquez y Vargas Llosa
"Puta de poetas y novelistas" de ese modo se refería Octavio Paz a la Revolución. Frente a ella dos caminos: el culto o la crítica. Dos eminentes narradores latinoamericanos, nos recuerda Enrike Krauze, han encarnado esas actitudes:
Como tragedia y como farsa, los fantasmas redentores del poder y el dogma siguen rondando la vida latinoamericana. Ningún empeño por exorcizarlos se compara al de Mario Vargas Llosa. Su liderazgo intelectual y moral ha sido indiscutible. En sus obras, como expresó el comité que le otorgó en 2010 el Premio Nobel, Vargas Llosa ha construido una "cartografía de las estructuras de poder y el reflejo de éstas en la resistencia del individuo, en su rebelión y su derrota". Su tema central -su obsesión, su misión- ha sido la minuciosa y apasionada crítica de ese poder: el poder de los fanatismos de la identidad (racial, nacional, ideológica, religiosa) y el poder de los dictadores militares o revolucionarios, los "Chivos" del continente, a quienes detesta por razones casi genéticas. En ese sentido, su trayectoria contrasta con la de Gabriel García Márquez, el otro gran novelista latinoamericano en cuya obra no es difícil advertir una marcada veneración por el hombre fuerte a partir de la cual se comprende su prolongado servicio a la Revolución cubana y a su amigo, el redentor inmortal.
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lunes, 20 de septiembre de 2010
Siglo de Caudillos

En el siglo que va de 1810 a 1910 tuvieron lugar tres procesos relevantes en la historia nacional: Independencia, Reforma y Revolución.
Ese periodo, para bien y para mal, fue hijo de los vicios y virtudes de los caudillos que lo protagonizaron. No es incorrecto, por tanto, calificar como Siglo de Caudillos a esa centuria mexicana.
Siglo de Caudillos (VI Premio Comillas) fue el libro que consolidó la buena fama del historiador Enrique Krauze. En él ensaya una suerte de biografía colectiva iniciando con la del cura Hidalgo y finalizando con Porfirio Díaz. (De los hombres de la revolución, concretamente, se había ocupado en otro de sus libros, Biografía del Poder.)
En Krauze se aúna el rigor intelectual y el talento empresarial. Prueba de esto último son las empresas culturales que ha animado, por citar dos, la editorial Clío y la revista Letras Libres, heredera del espíritu liberal de Vuelta, de Octavio Paz.
En el marco del Bicentenario, con la lectura de Siglo de Caudillos retomamos las actividades de El Círculo de Lectores. La cita es para el próximo sábado 25 de septiembre, a eso de las 11 am, en la calle Malincheños 27, Recidencial Viveros, domicilio de la sra. Judith Moreno (mayores informes al teléfono: 714 44 85).
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jueves, 18 de marzo de 2010
Centenario: El patriarca de San Pedro de las Colonias

No transcurrirá este año sin visitar San Pedro de las Colonias, Coahuila. Dos poderosos motivos me impelen a hacerlo. Por una parte un par de queridos amigos se han mudado a ese lugar (Cornelio y Jesús: los abrazo y espero verlos pronto); por la otra, conocer la casa donde vivió Francisco I. Madero.
Suele olvidarse, nuestra Revolución se fundó en un libro: La sucesión presidencial en 1910. Enrique Krauze me ha enseñado a admirar a su autor :
Navidad de 1908. En el pequeño segundo piso –casi un tapanco– de su casa en San Pedro de las Colonias, Coahuila, un hombre hojea el primer ejemplar del libro que ha escrito febrilmente durante algo más de tres meses. Con él se ha propuesto “calmar, orientar y encauzar definitivamente la ansiedad de su patria”. Sometido a una rigurosa dieta vegetariana, acosado por las jaquecas y los ataques oftálmicos, luchando contra lo que él mismo llama “el yugo de los instintos”, el ciclo completo de preparación y ejecución del libro le ha llevado más de un año. Lo comenzaba a escribir al despuntar el alba. Algunas noches, cuando el sereno recorría las calles balanceando su linterna, el hombre seguía escribiendo en un cuaderno escolar de 22 por 17 centímetros y rayado gris. Sólo en momentos de fatiga extrema se colocaba su casco Sarakoff, descendía al mundo de los humanos y recorría a caballo, como lo había hecho durante tantos años, los campos labrantíos de su hacienda. Sus peones lo saludaban con una mezcla de familiaridad y reverencia. No era sólo su exigente patrón sino su médico de cabecera, su protector material, su consejero espiritual. Nieto de un fundador de incontables empresas y bíblicas familias, él también habría querido ser un gran patriarca pero la naturaleza le había vedado, a él o a su esposa, la posibilidad de serlo. Ante la paternidad denegada, su reacción natural fue asumir una paternidad universal. Llevaba el nombre de dos santos fundadores, el de la caridad y el de la acción, y en su apellido había una reminiscencia del Calvario: Francisco Ignacio Madero.
lunes, 29 de junio de 2009
No anularé mi voto
Entiendo los motivos de los que se han fastidiado de los partidos y los políticos. Jaime Sánchez Susarrey, en su editorial para Reforma del pasado sábado, enumera las razones del descontento:
Al día siguiente, en ese mismo diario, Enrique Krauze opinaba:
¿Por quién votar? Ya lo expresé en otra ocasión, dependerá de dónde nos encontremos y a qué somos llamados a votar. Los neolaredenses, en ese sentido, la tenemos fácil, pues en la localidad no se votará por renovar la alcaldía o la gubernatura. Votaremos para elegir a un diputado federal. Por ello, la única que pregunta que tenemos que responder al momento de votar es la siguiente: ¿Deseo, con mi voto, respadar o castigar al presidente Calderón?
a.a
Voy a anular mi voto porque me parece inaceptable que el IFE les otorgue este año 3 mil 600 millones de pesos a los partidos políticos. Para los políticos profesionales la crisis no existe y el ajuste del cinturón es una práctica buena para los ciudadanos y las empresas, pero inaplicable a ellos porque trabajan por... la patria. ¿Ok?
Voy anular mi voto porque me parece escandaloso que el Partido Verde (propiedad de la familia González Torres), el Partido del Trabajo (encabezado por un maoísta trácala), Convergencia (negocio de Dante Delgado), Nueva Alianza (feudo de la maestra Gordillo) y el Partido Socialdemócrata reciban este año mil 300 millones de pesos.
Voy a anular mi voto porque estoy harto de escuchar los spots-basura de todos y cada uno de los partidos políticos. La vacuidad y pobreza de esos mensajes contrasta con la pretenciosa definición de los partidos como "organizaciones de interés público". La simulación y la mentira no pueden ser el santo y la seña de nuestra Constitución.
Voy a anular mi voto porque me parece de un cinismo descomunal que quienes ofrecieron "desespotizar" las campañas políticas nos estén bombardeando con 23 millones 400 mil spots. Si la participación el 5 de julio ronda los 30 millones y de esos 4 y medio millones anulan su voto, los electores que sufraguen por los partidos sumarán poco más de 25 millones, esto es, tendríamos, casi, una correlación de un elector por un spot.
Voy a anular mi voto porque el artículo 41 de la Constitución viola el derecho a la información de todos los ciudadanos al impedir el debate y la confrontación de ideas entre partidos y candidatos. La legislación es tan efectiva y sofisticada que el único debate que se estaba gestando entre el PRI y el PAN lo echó abajo el IFE enarbolando el principio de equidad.
Voy a anular mi voto porque el artículo 41 viola el derecho a la libertad de expresión de todos los ciudadanos. Mientras los partidos nos tapizan de basura con spots llenos de promesas vacuas o absurdas -como bajar el precio de la gasolina-, quienes están a favor de la anulación del voto tienen prohibido contratar espacios en radio y televisión para explicar y promover su movimiento. Si esto no es un atentado contra el derecho a la libertad de expresión, entonces qué es.
Voy a anular mi voto porque el IFE se ha convertido en el gran censor de la vida pública y no sólo durante las campañas políticas. Lo mismo censura a López Obrador por autonombrarse "presidente legítimo" que saca del aire un spot del PAN por definir como violentos a los partidos políticos, leales al rayito de esperanza, que tomaron la tribuna del Congreso.
Voy a anular mi voto porque si las cosas continúan como van y los partidos siguen haciendo lo que les venga en gana, pasarán a censurar internet. Ya ha ocurrido con varios spots y el espíritu de la ley lo alienta. El pulpo de la censura debe ser detenido.
Voy a anular mi voto porque el PRI, el PAN y el PRD cometieron un verdadero atraco contra el Instituto Federal Electoral. La decapitación de los consejeros, sin causa que lo justificara, fue un ajuste de cuentas. No les importó vulnerar la autonomía del IFE ni restarle credibilidad. La contrarreforma de 2007 constituye un paso atrás y atenta contra las instituciones y los principios democráticos.
Voy a anular mi voto porque el nombramiento de los nuevos consejeros fue un atraco aún mayor. Todos llevan el sello de un partido, son personajes de medio pelo, y entraron en funciones con una advertencia muy clara: deben abstenerse de lastimar a los partidos, porque de hacerlo correrán la misma suerte que el anterior Consejo Electoral. La espada de Damocles pende sobre la cabeza de cada uno y en especial del consejero presidente, que puede reelegirse. ¿Qué se puede esperar de un árbitro que los partidos pueden emplear y despedir a voluntad?
Voy a anular mi voto porque ni el PAN ni el PRI ni el PRD, para no mencionar al presidente de la República, han hecho un mea culpa. Se niegan a reconocer, primero, que la contrarreforma de 2007 es ya un completo y absoluto fracaso. Segundo, no se hacen cargo de las violaciones flagrantes a la libertad de expresión y de información.
Voy a anular mi voto porque todos los partidos, pero en particular los tres grandes, nos están dando atole con el dedo. Agustín Carstens reconoció hace unas semanas que las finanzas públicas tienen un boquete de 400 mil millones de pesos. Consecuentemente, la primera medida de la nueva legislatura será operar una nueva "reforma fiscal". ¿Cómo? Como siempre: cargándole la mano a los causantes cautivos. Los tres grandes están de acuerdo en lo esencial: viven de nuestros impuestos y no están dispuestos a reducir su tren de vida. Los paganos seremos, como siempre, los ciudadanos.
Voy a anular mi voto porque los partidos han hecho del consenso la piedra de toque de la democracia. El debate y la confrontación de ideas y programas están ausentes. Por eso vimos al presidente de la República festejar una reforma energética, con sello perredista, que no aborda ni resuelve los problemas. En la noche del consenso todos los partidos son pardos. Al final del día, los diputados del PRI o del PAN terminan confundidos con los del PRD.
Voy a anular mi voto porque el fracaso de la contrarreforma del 2007 obligará a una nueva reforma electoral. La agenda de la misma no debe quedar en manos de una clase política mediocre, timorata, irresponsable y baquetona. La anulación del voto puede y debe ser el primer paso de un movimiento ciudadano que presione y obligue a la partidocracia a rectificar. Si el cambio no viene de abajo, no vendrá de ninguna parte.
Al día siguiente, en ese mismo diario, Enrique Krauze opinaba:
Todas las iniciativas cívicas son respetables pero algunas son más respetables que otras. La idea del voto en blanco pertenece a esa segunda categoría. Aunque comprensible por el pobre desempeño de muchos actores individuales y colectivos de nuestra "clase política", el acto, en el fondo, participa de la misma mentalidad dependiente que imperaba en el pasado: antes se esperaba que el Presidente de la República lo hiciera todo; ahora se espera lo mismo de los legisladores, los partidos, los gobernadores y los políticos en general. Nosotros los ciudadanos somos meras víctimas, sólo estamos -en el mejor de los casos- para protestar, y la mejor protesta es una huelga de votos caídos, un gandhismo instantáneo, happening mediático, un acto que dura un minuto y, mágicamente, transforma al país. No es así. La propuesta es desaconsejable, por varias razones:
1) Distorsiona, confunde, devalúa el sentido del voto, ante una mayoría de ciudadanos que lleva poco tiempo de ejercerlo. En la cuenta larga de la historia, han pasado apenas unos minutos desde el nacimiento de nuestra democracia, aunque en realidad hayan pasado poco más de diez años. "México transitó -dice Vargas Llosa- de la dictadura perfecta a la democracia imperfecta". La frase reconoce un progreso que nosotros no valoramos. Todas las democracias son tensas, conflictivas e insatisfactorias. El votante debe aprender a mejorar la democracia, pero la manera de hacerlo es ejerciendo el voto cada vez con mayor inteligencia e información, no denegándolo.
2) Da a entender que no hay opciones políticas. Más allá de los magros resultados de los partidos, sólo el EPR y los abogados de la anulación del voto parecen creer que en México todas las propuestas políticas y todos sus representantes son iguales e igualmente deficientes.
3) Generaliza la naturaleza de la elección. "Para los anulistas -escribe el politólogo Inocencio Reyes Ruiz- no hay la mínima consideración a la diversidad de regiones, estados, municipios y comunidades. Para ellos la elección del próximo 5 de julio es singular, única e indivisible. Es cierto que la renovación de la cámara de diputados es de indudable trascendencia para la vida pública del país, pero no es la única; y para millones de votantes no es la más importante. El 5 de julio hay varias elecciones y muchas votaciones: seis gobernadores, 11 congresos locales, centenas de alcaldes, millares de regidores. Hay municipios gobernados tan atrozmente que la anulación del voto sería la ratificación del poder caciquil. Lo mismo se puede decir de los gobernadores: hay estados donde los ciudadanos, hartos de la arbitrariedad y la corrupción, quieren votar para derrocar al partido postulante. Hay comunidades enteras, en fin, en que votar es asegurar la continuidad de buenos gobiernos".
4) Alienta la antipolítica. Para un curso rápido sobre los estragos de la antipolítica es bueno acercarse al caso venezolano. En los años noventa, el repudio radical e indiscriminado de los partidos por parte de un sector influyente de la sociedad venezolana (en particular de los intelectuales y las figuras mediáticas) provocó la emergencia natural del caudillo que llegó al poder para limpiar esa "miasma", "para salvar al país" y... para quedarse con él a perpetuidad. En las elecciones parlamentarias de Venezuela en 2005, la oposición optó por no competir, lo cual dio un cheque en blanco al régimen chavista. Si un caudillo llega al poder en México, llegará para quedarse. Los votos en blanco o en negro le tendrán sin cuidado.
5) Desalienta la participación ciudadana. Una consecuencia natural de la antipolítica -por esencia negativa, reactiva, pasiva- es la desmovilización. Y esto es lo más grave porque el país sufre un déficit inmenso de participación cívica. Esta participación no puede residir sólo en el acto de votar por un partido o anular, en su caso, un voto. Necesitamos vigilar permanentemente a los partidos y a los representantes populares, como ocurre en cualquier democracia madura. Y necesitamos mucho más: la verdadera participación cívica no es instantánea: es prolongada, constante, fragmentaria, silenciosa, difícil y anónima. Se ejerce de abajo a arriba: en la manzana, la delegación, el municipio, el estado, el país.
Octavio Paz dijo que México se ha visto siempre bajo la imagen histórico-mítica de una pirámide. Desde hace apenas dos décadas trabajamos para desmontar pacíficamente, piedra por piedra, esa pirámide, para construir una plaza pública libre y abierta. El proceso no llevará siglos pero sí años, quizá largos años. Su instrumento específico es el voto, esa sencilla pero imprescindible expresión de la conciencia individual en una democracia. No es aconsejable pervertirlo.
¿Por quién votar? Ya lo expresé en otra ocasión, dependerá de dónde nos encontremos y a qué somos llamados a votar. Los neolaredenses, en ese sentido, la tenemos fácil, pues en la localidad no se votará por renovar la alcaldía o la gubernatura. Votaremos para elegir a un diputado federal. Por ello, la única que pregunta que tenemos que responder al momento de votar es la siguiente: ¿Deseo, con mi voto, respadar o castigar al presidente Calderón?
a.a
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