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viernes, 16 de julio de 2010

A partir de cierta hora



“Cuando la gana llega la gana gana” nos dice Monsiváis; y al grito de mala noche no los capitalinos inundan todo tipo de antro. El cronista más popular entre nosotros encera sus uñas y en uno de los mejores momentos de Apocalipstick da fe:

El fin de siglo incluye, por si alguien solicita disculpas ante la lluvia de fuego que arrasará a los inmorales, la multiplicidad de sitios gay, antes del uso del término, actividad social muy riesgosa a causa de las razzias y de los permisos de la autoridad revocados con frecuencia por los “atentados a la moral” y renegociados si la moral anda en apuros económicos. Como de soslayo, la ciudad admite la existencia numerosa de otra minoría, y en la calle de Ecuador, donde estuvieron los baños públicos de ese mismo nombre, de reputación no exactamente higiénica… está el Catorce, o Las Adelitas, un galerón de la permisividad reciente, que atrae a señores de miradas de scanner, mujeres que por razones laborares no discriminan entre sus amantes (léase “putas”), parejas que al salir del clóset se despojan del aire de ambigüedad que por otra parte no se advierte…

En fin, que en el DF, como en cualquier otra gran ciudad, y algunas no tanto, la moral se relaja; claro, a partir de cierta hora.

miércoles, 14 de julio de 2010

Apocalipstick



Una palabra define a la persona y obra de Carlos Monsiváis: amontonamiento. Si se pasea por el museo de El Estanquillo, donde se da cuenta de su furor coleccionista, o se consultan sus libros de crónicas, se advierte que prácticamente casi todo le interesó: el cine de rumberas, Pedro Infante, La Familia Burrón, el Nigromante, y un agotador etcétera.

El último libro que publicara en vida, Apocalipstick, ostenta en la portada la instalación del fotógrafo Spencer Tunick en el zócalo capitalino: otro amontonamiento, éste de defeños encuerados. (“El peso de la muchedumbre aniquila la vergüenza”, sostiene Monsiváis en las páginas que le dedica al asunto.)

El gentío como espacio para la tolerancia, es otra de sus tesis. Con una anécdota nos ilustra como los usuarios del Metro sancionan con indiferencia lo que antaño fuera motivo de abominación: “Los novios pelean, discuten… Luego se reconcilian y se despiden con un beso casto. ¿Qué tiene de raro lo anterior? Nada, salvo que los novios son del mismo sexo.”

La instalación de Tunick o cualquier otro asunto, la marcha contra el desafuero de López Obrador, un mitin Zapatista, Semana Santa en Ixtapalapa, el Metro en las horas pico, lo que sea, con tal de que convoque multitudes, fue pasto para la voracidad de Monsiváis; en su obra, cito a Wallance Stevens, “las personas ocupan el lugar de los pensamientos”.

El cronista intuyó que: “si soy único es porque soy igual a todos. Si soy igual a todos, no me parezco a nadie”. Teniendo eso en mente se ajustaba su chaqueta de mezclilla y sin reparar en la rebeldía de sus greñas (en nuestra sociedad, Monsiváis lo sabía, “Apariencia es destino”) se adentraba en el pueblo para tomarle el pulso. En esas fachas, se sabía excéntrico; algún chilango, ajeno a su retórica, pudo juzgarlo, sencillamente, despeinado.

jueves, 1 de julio de 2010

Mosiváis-Neruda (una anécdota)


El año, 1970. El lugar, el hotel del Quai Voltaire, en París, donde se hospedaba Pablo Neruda y a donde fueron a visitarle Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes; la anécdota es contada por el segundo y fue publicada en el diario El País:


Neruda estaba en cama, empijamado, fatigado tras asistir al entierro de Elsa Triolet, la mujer de Louis Aragon. La conversación Neruda-Monsiváis fue muy singular.

-¿Cómo se encuentra? -le preguntó Neruda a Monsiváis.
-Sucede que me canso de ser hombre -contestó Carlos.
Al principio, Neruda no registró la cita.
-¿Y qué hace en París? -continuó Pablo.
-Juego todos los días con la mar del universo. -Citó Monsiváis, y Neruda, cayendo en el juego, se rió y decidió continuarlo, hasta la pregunta a Carlos:
-¿Y que escribe ahora?
-Los versos más tristes.
-¿Cuándo?
-Esta noche.

lunes, 21 de junio de 2010

Monsiváis




Su don de ubicuidad fue fama. Se le veía en un mitin en el zócalo, en una función de lucha libre o en un videoclip de Luis Miguel.

Fue conocido su interés por el cine mexicano: tuvo la audacia de elevar a rango de director atendible a Juan Orol. Célebre también su pasión coleccionista (un museo en la capital, El Estanquillo, da cuenta de ello) y su amor por los gatos.

Escribió tanto y de tantos asuntos que sólo de pensarlo marea. Me parece que sobrevivirá como cronista, pero si hubiese de elegir uno de sus libros sería su biografía sobre Salvador Novo.

La única vez que estube en una charla suya fue cuando presentó en Monterrey un libro de Fernando Savater. (Asistí a aquel evento movido por Savater, se infiere). No simpaticé con sus filias zapatista y lopezobradorista, pero en repetidas ocasiones celebré su sentido del humor.

Ayer domingo, al día siguiente de su fallecimiento, Enrique Krauze lo recuerda en su editorial para Reforma:

Se vestía de mezclilla. Una sola vez lo vi usar corbata. Usaba el Metro, pedía aventón y -de manera puntual- llegaba tarde a sus citas. Tenía un aire permanente de profesor distraído o de estudiante sesentero. Vivía en la sinuosa calle de San Simón en la Colonia Portales, cerca del California Dancing Club. Era difícil penetrar el laberinto de su casa. Había un orden secreto en el desorden de su biblioteca, con sus libros cuidadosamente forrados en vinil transparente.
“Fue más citado que leído y más leído que entendido”, señala Héctor Aguilar Camín. “Él solo constituía una agencia de noticias”, resume Adolfo Castañón.

Carlos Monsiváis fue un hombre de izquierda, más entusiasta que crítico; luchador social por los derechos de las minorías (una anécdota para la historia: el flautista Horacio Franco cubrió, por algunos momentos del velatorio, su féretro con la multicolor bandera gay), contribuyó en algo en fijar la atención, para usar uno de sus títulos, de lo marginal en el centro.